¿Por qué nos gusta lo que nos gusta?

| 5 julio, 2017
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Artículo de Marina Hervás para la Fundación Nino Díaz

 

Hoy vengo a contaros que, en realidad, lo que creemos que hemos decidido que nos gusta no es fruto de una decisión, sino de una imposición bastante bien entretejida de complejos entramados culturales, políticos y sociales. ¿Por qué hay solo una pequeña parte de la población española -por decir un sitio- que está al día del cine turco, del peruano o del de La India? No es porque no haya. Hay, y muy bueno. Pero no hay (casi) nadie con poder que haga el mínimo esfuerzo por ampliar la oferta cultural, (casi) ningún dueño de un cine -con lo mal que está la cosa- se atrevería arriesgar sus ganancias poniendo algo así y, sobre todo, no hay (casi) nadie que quiera pasar por el trabajo que cuesta informarse, buscar y encontrar alternativas (hoy en día en que -casi- todo está a un click). Por eso, cuando creemos que somos libres porque hemos decidido que vamos a ver una peli de Clint Eastwood en lugar de una de Jennifer Aniston, solo estamos dando la razón a una supuesta alternativa a las corrientes más comerciales. Es decir, estamos refrendando la falsa creencia de que en los imperios del poder cultural podemos escapar dentro de su propia lógica. La cultura opera como un kiosko, donde parece que hay muchas cosas diferentes para muchos gustos pero, en realidad, todo es más o menos lo mismo: un producto que tiraniza a un consumidor a comprar sin descanso, un reclamo que promete al que lo adquiera estar más guapo, más reluciente o más sexy el próximo verano, artículos que supuestamente prometen mejorar al consumidor como ser intelectual, etc. Lo que se perpetúa es la cultura enlatada, envasada o plastificada. Es como cuando se comenzaron a comercializar, en El Corte Inglés hace unas cuantas primaveras, pañuelos palestinos y decoración del imaginario hippie siguiendo la lógica del “Flower Power”. Como si las palestinas tuvieran algo que ver con el movimiento hippie. Pero lo más terrible es cómo se desapropió a elementos simbólicos de su potencial político subversivo y se les convirtió en un producto más de consumo. Pero también sucede al revés, no crean. Uno de los casos más evidente es John Lennon, del que nadie en su sano juicio sospecharía de machista o retrógrado. Leamos un momento su letra “Jealous Guy”, una letra en la que en lugar de intentar cambiar los celos compulsivos que le hacían perder el control, nuestro amigo Lennon, el progresista, más o menos le dice a Yoko que le tiene que aceptar así y que “tenga cuidado” (look out).

I was dreaming of the past
And my heart was beating fast
I began to lose control
I began to lose control I was feeling insecure
You might not love me anymore
I was shivering inside
I was shivering inside I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry
Oh no, I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guy I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry
Oh no, I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guy I was trying to catch your eyes
Thought that you was trying to hide
I was swallowing my pain
I was swallowing my pain I didn’t mean to hurt you
I’m sorry that I made you cry
Oh no, I didn’t want to hurt you
I’m just a jealous guy, watch out
I’m just a jealous guy, look out babe
Yo soñaba con el pasado
Y mi corazón latía fuerte
Comencé a perder el control
Comencé a perder el control Me sentía inseguro
Podrías no amarme nunca más
Estaba estremeciéndome por dentro
Estaba estremeciéndome por dentro Yo nunca quise herirte
Siento haberte hecho llorar
Oh no, no quise herirte
Soy solo un hombre celoso Intentaba atrapar tus ojos
Aunque tú tratabas de esconderlos
Estaba tragando mi dolor
Estaba tragando mi dolor Yo nunca quise herirte
Siento haberte hecho llorar
Oh no, no quise herirte
Soy solo un hombre celoso, mira
Soy solo un hombre celoso, ten cuidado, cariño
Soy solo un hombre celoso

Incluso en canciones de reguetón tratan el problema con algo más de delicadeza:

“[…] Dicen que soy un celoso
y es verdad
en las noches te extraño y me ahogo
en mi soledad
es que no puedo verte con otro
porque en realidad
aunque tú te olvidaste de mí
yo no te he podido olvidar”

Lo que les quiero decir es que importa mucho cómo se nos vende una figura, algo que sabemos de forma intuitiva mediante las fotos de perfil o los contenidos que compartimos en nuestras redes sociales. Aunque esto lo podríamos pensar con algunos grandes “progres” de nuestro país, incluyendo a Joaquín Sabina y a Serrat. Uno de los pocos cantautores que se toma muy en serio escribir de forma inclusiva y respetuosa es El Kanka, como puede verse en esta canción:

Pero en fin, de feminismo y música hablaremos otro día. Lo que les quiero mostrar es lo importante que es el marketing en la construcción de nuestros gustos, que vinculamos a ciertas figuras también porque creemos que obedecen a nuestras convicciones. ¡Ay, si fuese todo tan sencillo!

Me imagino que pensarán que cómo voy a llegar a la música clásica después de todo esto. Pues porque sucede exactamente lo mismo. A ver, a ver ¿cuántos de los que me leen conocen perfectamente a Mozart pero no tienen ni idea de quién era Juan Crisóstomo de Arriaga?… ¿Alguna mano tímida por ahí? ¡Pero si está considerado el “Mozart español”! Este vasco que vivió en el siglo XIX, un niño prodigio que hasta sus 20 años (murió prematuramente) hacía música como esta, que muchos podrían confundir con el más estricto clasicismo vienés.

 

¿Y cómo puede ser esto, queridos lectores? Aparte del feroz mecanismo de la industria cultural, que les he intentado esbozar anteriormente, sucede que la musicología, que es la disciplina que estudia la música desde el ámbito teórico, surge en Alemania. Ya en 1738 L. C. Mizler fundó la Correspondierende Societät der musicalischen Wissenschaften, una sociedad que unía el estudio de la música con la filosofía y la teología. Estas formas de entender la música en relación a otras disciplinas y doctrinas, como la hermenéutica (dicho en corto, las teorías de la interpretación) fue la forma en la que se establecía el estudio de la música. Y claro, si fueron los alemanes los primeros en ocuparse de estos asuntos, lo lógico es que tirasen de material autóctono. Cuando en nuestro país quisimos ponernos con eso de la musicología, en muchos sitios de Europa ya nos llevaban un siglo de adelanto. Pero, en cualquier caso, que a finales del siglo XIX, que gente como Hilarión Eslava (1807-1878),  Baltasar Saldoni (1807-1889), Francisco Asenjo Barbieri (1823-1894) o Felipe Pedrell (1841-1922) tuvieran interés por recuperar los secretos del patrimonio que se escondía en las iglesias, monasterios y casas particulares, así como a sistematizar el legado musical, y el auge de teatros y espacios para la música -algo a lo que España también iba a la zaga- ocasionó que en este país aumentase el interés por la música en sentido enfático. Eso hizo que en 1936, en el Palau de la Música Catalana, se estrenase este concierto, hoy rechazado por mucha gente por “excesivamente moderno” y muy poco programado [a mí, sin embargo, me parece de una delicadeza extrema y una de las joyas del siglo XX]:

Por el Palau también pasó, dirigiendo, otra de las grandes figuras de la Segunda Escuela de Viena, Anton Webern, que escribía cosas tan “raras” como esta maravilla en 1913:

¡E incluso, había una Asociación Obrera de Conciertos que rindió homenaje a Schönberg el 3 de abril de 1932, cuando el austriaco se encontraba por la ciudad condal, con un concierto completo de obras suyas: Noche transfigurada, Pelleas und Melisande, los Ocho Lieder op. 6 y su transcripción orquestal del Preludio y fuga, BWV 552, de Bach. ¡Tela marinera! Hoy, sin embargo, los estrenos y la programación habitual de música de nuestra época sufre de una decadencia patente. Hemos sucumbido a algo horroroso: el canon. Los programadores y el público han llegado a un acuerdo tácito de que es mejor escuchar una y otra vez lo mismo. Imagínense que año tras año viésemos la misma película, salvo por algunas variaciones de luz, enfoque y otros elementos. O que una y otra vez leyésemos el mismo libro.  O que solo pudiéramos ver una selección minúscula de cuadros sin descanso. ¿Qué nos pasa en la música, que es prácticamente el único sitio donde no nos interesa en absoluto lo nuevo, sino reafirmar aquello que ya nos gusta porque podemos saber lo que va a venir? ¿Por qué llenamos como locos una y otra vez auditorios para escuchar de nuevo Beethoven (que es estupendo y se le puede escuchar maravillosamente miles de veces)? ¿Por qué nos gusta de la misma forma Kandinsky que Velázquez? ¿Por qué sabemos valorar tanto a Cervantes como a Zoé Valdés? Sin embargo, ¿por qué no nos atrevemos a escuchar al mismo tiempo Beethoven y Saariaho?

El mundo sonoro que nos hemos construido no tiene nada  que ver con el mundo ruidoso del que somos parte. Usamos coches que hacen ruido, eructamos, hacemos ruido al llorar, al movernos, al masticar, roncamos, … hay truenos, trenes, cafeteras que arden, gritos, golpes, arañazos. Pero hemos obviado este mundo ruidoso a favor de uno organizado a partir de principios matemáticos, que nos tranquilizan el supuesto caos sonoro vital. Y obras como esta, de Manuel Rodriguez Valenzuela, resultan insoportable a mucha gente, cuando en realidad se parece bastante (y también lo mejora) a nuestra realidad sonora.

A lo que quiero que lleguemos como reflexiones es lo que enuncia el título: la historia de por qué nos gusta lo que gusta y qué estructuras político-sociales se encuentran detrás de nuestros gustos. Lo que nos parece “normal” en música habla de un proceso muy largo de construcción del gusto y del canon, que no por casualidad es lo que llena salas de conciertos y auditorios. La cultura viene de la palabra “cultivar”. A mí, que no me crecían nunca las lentejas en un yogur con algodón en el colegio, se me ocurre enfrentarme a mi destino mataplantas pensando que la cultura hay que cuidarla todos los días, y dejar que nos sorprenda y usarla como herramienta para pensar nuestro pasado, futuro y presente, y no solo como una especie de acumulación de cosas que se supone que se deben saber para ganar el trivial o quedar bien con canapé y cava en mano en la pausa de un concierto que nos han programado. Ojo con la palabra programar: sirve tanto para eventos culturales como para autómatas. Seamos nosotros los que rompamos los cables.

Marina Hervás

marinahervas@fundacion-ninodiaz.org

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Categoría: Marina Hervás, Música

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